No sorprende presenciar, el rugir de motores que se apoderan de carreteras y avenidas en la República Dominicana, más aún sufrir un bloqueo del tránsito, cuya razón es decenas de espectadores de una carrera de motocicletas. No es el tráfico habitual, ni una simple exhibición de velocidad. Son carreras clandestinas de motocicletas, un fenómeno que se ha convertido en un problema crítico de seguridad vial y que, lejos de ser una simple travesura juvenil, está costando vidas. No hablamos solo de una moda peligrosa, sino de una crisis de movilidad y de salud pública que requiere una solución estructural, realista y urgente.

El dato es alarmante: más del 60% de las muertes por accidentes de tránsito en el país involucran motociclistas, y el grupo más afectado es el de jóvenes entre 15 y 39 años, según el Informe Nacional de Seguridad Vial 2023 del OPSEVI. La República Dominicana figura entre los cinco países con mayor tasa de mortalidad vial en el mundo, y las motocicletas están en el centro del problema. No solo hablamos de vidas humanas truncadas, sino de un impacto económico severo, con costos estimados en más del 2.21% del PIB nacional debido a la siniestralidad.
Sin embargo, hay un punto de inflexión en esta crisis. Por primera vez, de forma sería y eso espero, los propios protagonistas de estas carreras clandestinas han levantado la voz, reconociendo el problema y pidiendo una alternativa. Esto no es menor. Es la oportunidad de transformar una práctica peligrosa en una disciplina segura y regulada. Si la pasión por la velocidad es innegociable, entonces es hora de darle un espacio seguro y legal para que no siga cobrándose vidas en el asfalto.

La Experiencia del Automovilismo: Una Lección Aprendida
Este escenario no es nuevo. Décadas atrás, Santo Domingo enfrentaba un problema similar con las carreras ilegales de automóviles. Conductores temerarios tomaban las principales avenidas para batallas de velocidad que terminaban en tragedia. La solución no fue únicamente aumentar la persecución policial, sino la creación del Autódromo Mobil 1, un espacio diseñado para canalizar la pasión por la velocidad en un ambiente controlado.
El resultado? No se erradicaron por completo las carreras clandestinas, pero su incidencia disminuyó considerablemente. Hoy, las competencias de autos son una disciplina con reglas, con equipos de seguridad y con un entorno que reduce el riesgo de muertes y lesiones graves. ¿Por qué no hacer lo mismo con las motocicletas?
Motódromos Regionales: Del Caos a la Regulación
La creación de motódromos o circuitos especializados para motocicletas es una propuesta viable y necesaria. No se trata de fomentar la velocidad sin control, sino de ordenar y regular lo que ya existe de manera caótica y letal en nuestras calles. El motociclismo es un deporte reconocido a nivel mundial, y en muchos países existen espacios adecuados para su práctica. ¿Por qué no transformar la República Dominicana en un referente en la región?

Un motódromo no es solo una pista. Es un ecosistema de seguridad, educación vial y profesionalización del motociclismo. Su desarrollo debe cumplir con estándares internacionales y estar acompañado de normativas claras y supervisión estatal. Para ello, proponemos:
- Infraestructura segura y accesible: Creación de circuitos en puntos estratégicos del país para evitar que los motociclistas arriesguen su vida en las carreteras.
- Regulación y supervisión: Un marco normativo, que exija irrestrictamente merecer una licencia de conducir, incluso para esta actividad, tambien que establezca horarios, requisitos técnicos y controles de seguridad.
- Educación y formación: Programas que transformen a los corredores clandestinos en pilotos capacitados, con conocimiento de normativas de tránsito y seguridad vial.
- Impacto en la siniestralidad: Reducción de las carreras ilegales en vías públicas, disminuyendo el riesgo de accidentes fatales y liberando el tránsito urbano de este peligro constante.
Un Llamado a la Acción: Seguridad Sobre Velocidad
El motociclismo no es el problema. El problema es dónde y cómo se practica. La velocidad en entornos inseguros es mortal, pero canalizada en un circuito adecuado, puede convertirse en una disciplina deportiva legítima, profesional y segura.

Es el momento de tomar decisiones audaces y responsables. Si quienes han participado en estas carreras ilegales están dispuestos a cambiar, el Estado y la sociedad deben facilitar la transición. Las vidas que podemos salvar con esta iniciativa valen más que cualquier otra consideración. No se trata de prohibir por prohibir, sino de ofrecer alternativas reales que transformen el caos en orden, el peligro en deporte y la tragedia en oportunidad.
Esta es nuestra oportunidad para cambiar el rumbo del motociclismo en la República Dominicana. De la clandestinidad a la seguridad. Del desorden a la regulación. De la muerte a la vida. La decisión está en nuestras manos.
