Las ciudades son para las personas, no los vehículos.

Mi apreciado Federico Jovine, en su reciente artículo “Parquéate Bien” sin “Parquéate RD”, ha puesto sobre la mesa una inquietud que comparto plenamente: la caótica realidad del estacionamiento urbano. Sin embargo, su mirada pasa por alto la raíz profunda del problema: no es solo la carencia de edificaciones dedicadas al parqueo, sino una manifestación de nuestra tolerancia colectiva frente al desorden urbano.

No se trata simplemente de construir más torres de estacionamiento. Antes debemos reconocer que hemos permitido la usurpación del espacio público como la norma en la ciudad. Es cotidiano ver camiones usando avenidas como su garaje permanente, talleres improvisados sobre aceras y calles reparando vehículos, dealers extendiendo sus vitrinas ilegalmente a la vía pública, restaurantes de todo nivel apropiándose del espacio colectivo para beneficio privado, y parqueadores informales lucrándose del caos urbano. A esto sumamos una cultura donde las viviendas tienen hasta cuatro vehículos, pero espacios internos insuficientes para resguardarlos.

Además, resulta imprescindible señalar la mala gestión territorial y el uso del suelo, evidenciada en la permisividad para levantar negocios sin considerar espacios mínimos para recibir a sus clientes, colaboradores y mercancías. Esta deficiente planificación urbana profundiza el caos vehicular y degrada la calidad del espacio público.

La solución real y sostenible va más allá de torres de parqueos que, aunque útiles en ciertos contextos, no cambian los hábitos ni resuelven la raíz del problema. Un ejemplo emblemático es el Centro Médico Moderno, que edificó un magnífico estacionamiento solo para comprobar cómo la ciudadanía continúa prefiriendo estacionarse irregularmente en las calles para evadir costos, aún mínimos.

En cambio, ¿qué sucedería si con la misma inversión destinada a un parqueo para 600 vehículos compramos una flotilla de autobuses capaces de movilizar eficientemente entre 5,000 y 6,000 colaboradores diarios? La respuesta es evidente: descongestionaríamos significativamente nuestras calles, reduciríamos la necesidad imperiosa de estacionamientos y aliviaríamos el tráfico, impactando positivamente en el espacio urbano, la calidad de vida y el medio ambiente.

Adicionalmente, necesitamos un enfoque estratégico en el uso eficiente del ancho vial, reordenando la sección de la calle para maximizar su aprovechamiento. En lugar de que las vías sean depósitos caóticos de vehículos, estos espacios podrían convertirse en áreas ordenadas, delimitadas claramente para circulación vehicular fluida, estacionamientos breves y sobre todo, para priorizar movilidad sostenible como transporte institucional y público.

El caos actual no es solo un problema de infraestructuras; es, ante todo, un síntoma de nuestra permisividad frente a la apropiación privada del espacio público. Para transformar realmente esta dinámica, se requiere valentía institucional y voluntad ciudadana para reconocer que la solución debe surgir de un cambio profundo en nuestra mentalidad colectiva sobre el uso del automóvil y la gestión del espacio público.

No basta con señalar culpables externos; autoridades y ciudadanos debemos asumir nuestra propia cuota de responsabilidad, reconociendo un historial de políticas públicas tímidas, que en lugar de enfrentar el problema de raíz, lo han postergado mediante soluciones superficiales que solo alivian temporalmente el dolor, pero no curan la enfermedad.