
La cultura vial es la manera como los ciudadanos viven, sienten, piensan y actúan cotidianamente en los espacios de movilización y desplazamiento. Contraria a una concepción determinista general, desde la perspectiva antropológica es incorrecto afirmar que una población, comunidad o sociedad carece de cultura vial. Así:
- Todas las sociedades y comunidades tienen diferentes maneras de vivir, sentir, pensar y actuar en los espacios de movilización
- La cultura vial es la expresión de la forma en que las personas de una sociedad o comunidad se relacionan en las vías.
- La cultura vial de una sociedad o comunidad no es mala ni buena por sí sola, simplemente existe y es como es. Lo correcto es hablar de culturas viales, teniendo en cuenta que las sociedades y comunidades son diferentes entre sí.

Esas maneras de relacionarse con y en las vías pueden aunarse a factores espaciales, pedagógicos, tecnológicos y mediáticos, para conformar un verdadero sistema de prevención de accidentes de tránsito y protección de la vida, así como el uso eficiente de las vías y sistemas de transporte. Como también pueden fomentar, propiciar o permitir que los accidentes ocurran, se provoquen entaponamientos y grandes congestionamientos.

En República Dominicana, en especial las grandes urbes, se caracterizan por una cultura promotora del uso del vehículo privado como signo de progreso o nivel socioeconomico, además de ser un factor de seguridad. En nuestra cultura se homologa el uso del transporte colectivo como signo de bajos ingresos o estatus social. En los medios no se promueve la figura de élite o famosa con cierta influencia que use estos medios como idóneos para la movilidad, que pueda contrarrestar la imagen perpetuada en nuestra cultura de que «ni locos nos montariamos en una autobús de transporte público». Incluso hasta para ir con la familia al interior del país o centros hoteleros, prefieren usar el vehículo privado.


La baja calidad del servicio y disponibilidad de unidades de transporte suficientes y con condiciones óptimas, caracterizada por la gran cantidad de chatarras en nuestro sistema de transporte solo incentivan ese pensamiento de que la pobreza o bajos ingresos tienen un matrimonio exclusivo con el uso del sistema de transporte colectivo. A pesar de varios proyectos de inversiones fallidos para deschatarrizar nuestro inventario de autobuses y minibuses, además de la imposibilidad por falta de compromiso estatal de eliminar los carros de concho y de crear un sistema de transporte con total exclusividad para unidades más eficaces en cuanto al uso del espacio por pasajero, seguimos sin observar una luz al final de este túnel. A la fecha deberíamos tener 3 a 4 veces el número de unidades de autobuses de la OMSA dando servicio, pero a la fecha no excedemos de 650 unidades.


Sin caer en el pesimismo de aceptar de que nada puede cambiar nuestro paradigma cultural vial, vale recordar de que la cultura vial es susceptible de modelarse y moldearse facilitando la apropiación del territorio, la circulación, los ritmos y los flujos de peatones y vehículos que protejan la salud y la vida junto con la creación de entornos aptos para el tránsito que minimicen los riesgos y permitan el disfrute de la movilidad. Para ello, se debe trabajar simultáneamente varios frentes, desde lo operativo hasta lo pedagógico y la promoción en los medios.

