En República Dominicana hay una realidad que ya no podemos seguir mirando como una simple “muchachada”. Cada vez vemos más jóvenes conduciendo motocicletas de forma temeraria, calibrando en avenidas, corriendo en grupos, desafiando a las autoridades, grabando persecuciones, haciendo rebases peligrosos, desplazándose a exceso de velocidad y convirtiendo la vía pública en una especie de escenario para ganar likes, respeto barrial o validación dentro de su grupo.
El problema no es solamente de tránsito. Es cultural, social, psicológico y comunicacional.

Muchos de esos jóvenes no desconocen totalmente el riesgo. Saben que se pueden caer. Saben que pueden chocar. Saben que una mala maniobra puede dejarlos en una cama, en una silla de ruedas, en una emergencia hospitalaria o en una funeraria. Pero aun así lo hacen, porque en ciertos grupos el riesgo se ha convertido en símbolo de “flow”, de ser «el más R» ni «chuky R», de valentía, de calle, del que la prende, de dominio, de “yo soy duro”, de “a mí no me pasa nada”.
Ahí está el verdadero desafío.
No basta con repetirles “maneja con cuidado”. No basta con una charla fría, una multa aislada o una publicación institucional llena de logos. Cuando una conducta peligrosa se convierte en identidad de grupo, hay que desmontar el prestigio que esa conducta produce. Hay que quitarle el brillo. Hay que romper la falsa épica.
Porque calibrar en una avenida no es talento. Correr entre carros no es deporte. Huir de una autoridad no es valentía. Llevar un pasajero sin casco no es servicio. Grabar una maniobra temeraria no es contenido: es ponerle fecha a una tragedia.
El joven que arriesga su vida por un video de quince segundos no está demostrando control. Está siendo usado por la adrenalina, por el grupo y por una cultura que lo aplaude hasta que se estrella. Después del impacto, los likes desaparecen, los amigos se dispersan y la familia es la que queda cargando con el dolor, la deuda, la cama de hospital o el ataúd.

Por eso, si queremos cambiar esta realidad, tenemos que hablarles en un lenguaje que conecte con su mundo, pero sin romantizar la imprudencia.
Hay que decirlo claro: “El duro no es el que corre. El duro es el que llega vivo”. “Cualquiera acelera; pocos controlan”. “No eres piloto si necesitas una avenida llena para demostrarlo”. “El motor se arregla; tu cráneo no”. “Tu coro te graba, pero tu mamá te llora”. “Calibrar no es cultura, es una lesión esperando fecha”. “El que anda sin casco no anda R; anda rifando la cabeza”.
Ese lenguaje puede sonar más crudo, pero es más efectivo que una campaña genérica. Porque en este tema no estamos compitiendo contra la ignorancia; estamos compitiendo contra una narrativa de grupo. Y una narrativa se combate con otra narrativa más fuerte, más clara y más conectada con la realidad.
La conducción temeraria en motocicleta tiene varios motores sociales. Uno es la imitación: el joven ve a otros hacerlo y aprende que esa conducta genera atención. Otro es la presión de grupo: nadie quiere ser visto como “flojo”, “pariguayo” o “el que se queda atrás”. También está la ilusión de control: muchos creen que dominan la máquina más de lo que realmente la dominan. A eso se suma el sesgo de optimismo: “eso le pasa a otro, no a mí”. Y, finalmente, está la recompensa digital: si el video se viraliza, la conducta se repite.

Por tanto, la respuesta pública debe ser más inteligente. No podemos quedarnos solo en educación tradicional ni solo en represión. Necesitamos una estrategia de cambio cultural, fiscalización focalizada y alternativas reales.
Primero, hay que dejar de presentar la seguridad vial como una actitud aburrida. Usar casco homologado, tener licencia, respetar al pasajero, mantener la motocicleta en condiciones y no correr en vía pública debe presentarse como parte de ser un motorista serio, no como una imposición para “quitarle el flow” a nadie. El mensaje debe ser: “Un motorista completo no improvisa. Un motorista completo controla. Un motorista completo no pone a otro a pagar por su show”.
Segundo, hay que diferenciar al motorista trabajador del temerario reincidente. La motocicleta es una herramienta de movilidad, empleo y sustento para miles de dominicanos. No podemos criminalizar al que trabaja, al que transporta pasajeros, al delivery, al mensajero o al ciudadano que usa su motor para resolver su vida diaria. Pero tampoco podemos permitir que bajo esa misma categoría se esconda una minoría que usa la vía pública como pista clandestina, desafía a la autoridad y pone en riesgo a terceros.
Tercero, hay que usar los mismos canales donde hoy se reproduce la conducta. Si los videos de calibradores, carreras y persecuciones se difunden en redes, la respuesta también debe ocupar ese espacio. Pero no con sermones largos. Deben ser piezas cortas, directas, con lenguaje dominicano, con testimonios reales, con consecuencias reales y con una estética que compita con el contenido que hoy glorifica el riesgo.

Un video institucional que diga “respete la ley de tránsito” probablemente pasará desapercibido. Pero una pieza que diga “tu coro te graba, pero cuando te rompes, quien firma en el hospital es tu mamá”, tiene más capacidad de penetrar. Una campaña que diga “no te dejes usar por los likes” puede conectar mejor que una simple advertencia de multa.
Cuarto, hay que involucrar a quienes sí tienen legitimidad frente a esos jóvenes: mecánicos, clubes de motociclistas responsables, corredores formales, motovelocistas, líderes de paradas, motoconchistas organizados, figuras urbanas, creadores de contenido, instructores de manejo, madres de víctimas y sobrevivientes de siniestros. Muchos jóvenes no escuchan a un funcionario, pero sí escuchan al mecánico que les toca el motor, al corredor que compite legalmente o al motorista respetado del barrio que les dice: “eso que tú haces no es manejar; eso es buscarte un lío”.
Quinto, hay que crear espacios controlados para canalizar la adrenalina. Si un joven quiere demostrar habilidad, que lo haga en un espacio cerrado, con casco, reglas, supervisión y condiciones mínimas de seguridad. La vía pública no puede seguir siendo el lugar donde alguien decide probar su motor, su ego o su necesidad de atención. La calle es para circular, no para competir. En la pista se demuestra preparación; en la calle se pone en riesgo a gente que no aceptó participar en ningún juego.
Sexto, la fiscalización debe ser más inteligente. No se trata de detener motocicletas al azar para generar irritación social. Se trata de identificar puntos críticos, horarios de carreras clandestinas, grupos reincidentes, videos recurrentes, motocicletas sin placa, motores con alteraciones peligrosas, conducción en grupo de alto riesgo, zonas escolares, avenidas principales y tramos con alta siniestralidad. La respuesta debe ser territorial, digital y operativa. La autoridad debe demostrar que tiene capacidad de identificar, intervenir y sancionar donde realmente se está produciendo el daño.

Séptimo, hay que atacar también al espectador. El que graba, comparte, celebra y comenta “duro”, “rompiste”, “el más chucky R”, “la verdadera movie”, «el que la prende», también participa en la cultura que empuja al joven a repetir la conducta. No basta con hablarle al que maneja. Hay que hablarle al grupo que premia. Porque mientras la imprudencia dé estatus, la conducta seguirá apareciendo.
La nueva narrativa debe ser frontal: “No le des like a lo que puede terminar en luto”. “No empujes a otro a matarse por entretenerte”. “Si lo celebras, también eres parte del problema”. “La chercha termina cuando alguien no se levanta”.
Octavo, el pasajero debe entrar en la conversación. Muchas veces el conductor decide, pero el pasajero también acepta, calla o normaliza. Ningún pasajero debe montarse con alguien sin casco, a exceso de velocidad o en actitud temeraria. Si un motorista te dice “tranquilo, yo sé manejar”, la respuesta correcta debe ser: “si sabes manejar, entonces no me pongas en riesgo”. La confianza no puede ser excusa para exponerse.
Noveno, hay que trabajar desde los liceos, politécnicos, universidades, clubes deportivos, barrios, talleres y paradas. La campaña no puede vivir solo en redes. Tiene que bajar al territorio. Hay que hablar donde están los jóvenes, donde modifican sus motores, donde se juntan, donde se organizan y donde se valida la conducta. El cambio cultural no se decreta desde una oficina; se disputa en la calle, en el barrio, en el taller, en la parada y en el celular.
Décimo, hay que sostener la presión. Conociendo nuestra realidad, sin consecuencia no hay cambio. Una parte de la población solo modifica conducta cuando percibe que la norma se aplica. Pero esa presión debe ser estratégica. No puede ser un operativo de una semana para la foto. Tiene que ser una política sostenida, medible, territorializada y coordinada entre INTRANT, DIGESETT, Ministerio de Interior y Policía, ayuntamientos, Ministerio Público, centros educativos, asociaciones de motociclistas, influencers de motocicletas y comunidades.
La meta no es perseguir al joven por ser joven ni al motorista por usar una motocicleta. La meta es proteger vidas. La meta es separar la movilidad legítima del espectáculo temerario. La meta es que la motocicleta deje de ser vista como una extensión del ego y vuelva a ser entendida como lo que es: un medio de transporte vulnerable que exige responsabilidad, técnica, prudencia y respeto.
Hay que cambiar la conversación.
No podemos permitir que se siga vendiendo como “flow” lo que en realidad es una conducta de alto riesgo. No podemos seguir llamando “adrenalina” a lo que muchas veces termina en trauma craneal, amputación, cárcel, luto o discapacidad. No podemos permitir que una generación asuma que desafiar la autoridad, correr en vía pública o transportar pasajeros sin casco es una forma válida de ganar respeto.

El respeto verdadero no está en acelerar sin control. Está en dominarse. Está en llegar vivo. Está en cuidar al que se monta contigo. Está en no poner a una madre a llorar por una imprudencia que pudo evitarse.
Por eso, la estrategia debe ser clara: hablarles en su idioma, desmontar la falsa épica, ofrecer alternativas, involucrar líderes reales, intervenir redes sociales, fiscalizar con inteligencia y sostener la consecuencia.
Porque la calle no es una pista. La avenida no es un escenario. El pasajero no es parte de un show. Y la vida de un joven dominicano no puede seguir dependiendo de un reto, un video, un coro o una mala decisión tomada a alta velocidad.
El mensaje debe quedar instalado:
Cito a un amigo: “El duro no es el que corre. El duro es el que no lleva luto a su familia” – Anibal Germoso
