He conocido funcionarios públicos y empresarios honestos, transparentes y verdaderos líderes, sin embargo, también he escuchado de las trampas para ganar licitaciones, los términos de referencia acomodados, las solicitudes de dinero de los financieros de tesorería para agilizar las cuentas por pagar, las propuestas indecorosas de porcentajes a cambio de ganarse un contrato y en general un sin número de expresiones de cómo estamos como país; también podemos ponerlo en términos más sutiles y hablar de gestores comerciales que cobran por su “gestión” o por presentar el “contacto”, pues en la medida que nuestra idiosincrasia nos permite pensar que las normas solo se aplican para otros y que tenemos el derecho de saltarlas, flexibilizarlas o acomodarlas, naturalizamos la corrupción y la volvemos parte de la cotidianidad. Una cosa es la labor comercial, representativa o de relaciones publicas y otra muy distinta la del promotor de corrupción.

Pero quejarnos y hablar mal de la corrupción no cambia nada; tal vez debamos ir al principio de las cosas y revisar qué tan honestos somos en casa. A veces es sutil y desapercibido, pero le enseñamos a los niños a que se pongan el cinturón de seguridad no por su bienestar y seguridad, sino porque hay un agente de tránsito cerca, les pedimos que mientan por nosotros y digan en el teléfono que no estamos, les contamos con orgullo de las trampas que hicimos en el colegio, nos pasamos los semáforos en rojo, nos parqueamos en donde está prohibido y les decimos que si ven un policía nos avisen; en síntesis, les enseñamos que «en la vida hay que ser vivo». Contamos con el ego ensanchado cómo sobornamos al policía, les damos excusas para que se salven de responsabilidades del colegio e incluso nos asociamos con ellos para que el otro padre no se entere de ciertas cosas.

Les damos alcohol a los menores de edad sabiendo que es ilegal, mentimos con frialdad delante de ellos, aparentamos ante los demás que todo es perfecto y en algunos casos, cuando van creciendo, les enseñamos a evadir impuestos, como si fuera algo natural esconder las cosas. Salimos y decimos públicamente que el problema de la deshonestidad es que te descubran o que la corrupción es inherente al dominicano. 

Será alentador que se sumen más y más servidores públicos transparentes,  muchas más personas honestas, pero no solo aquellas que no cometen actos ilícitos y por ello se creen correctos, también quienes no se prestan ni se hacen los de la vista gorda. Necesitamos educar en la decencia y la integridad. Aún creo que la mejor gente y la más preparada debería servirle al país desde el sector público. Por supuesto hay mucha gente transparente y cansada de este tema, así como un montón de padres educando en la honestidad, sin embargo, la reflexión no sobra, pues la corrupción no son solo los políticos ni los grandes desfalcadores ni los empresarios corruptores, la corrupción también está en nuestras casas y el asunto aquí es: ¿Qué clase de hijos le estamos entregando al país?

La clave está en NO normalizar la corrupcion, de ninguna persona o bando. Mantener un rechazo social constante al enriquecimiento ilícito, no intermitente ni condicionado a intereses.
Cuando la mayoría sea moralmente coherentes, desde el hogar hasta lo público, entonces caminaremos hacia senderos de mejora.
Cada golpe a la corrupción, pasada, presente y futura debe ser bienvenida. Así, en algún momento, alcanzaremos a todos los corruptos.